INICIACIÓN CRISTIANA 20


TESTIMONIOS 20

CONFIRMACIÓN EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

Guardo siempre en mi memoria un recuerdo agradecido para todas las comunidades cristianas católicas a las que he pertenecido en diversas etapas de mi vida, incluso a aquellas con las que, por pequeños pero importantes matices teológicos o personales, discrepaba en la concepción que tenían de lo que significa ser cristiano católico y el comportamiento que éste tenía que tener en el mundo. A fin de cuentas, todas ellas, me han conformado como el cristiano católico que soy. Unas, me iniciaron en la religión cristiana; otras, me afirmaron en la importancia del estudio de la teología y me introdujeron con rigor en los misterios de la fe. Recuerdo con especial cariño a aquellas comunidades cristianas católicas en las que floreció la amistad, la fraternidad en definitiva, entre todos los miembros de la misma, y a las comunidades cristianas católicas en el extranjero, en las que pude encontrar algo de calor humano en medio de un mundo gris.

Como cristiano católico
soy producto de todas
estas experiencias,
cristiano católico ya confirmado.

Nunca imaginé que confirmaría mi fe cristiana católica en el trascurso de una peste, todavía no finalizada, y tras un confinamiento. Ambos acontecimientos evocan tiempos remotos que, felizmente, se creían más que superados por los avances científicos y tecnológicos de nuestro tiempo, y nadie jamás pensó que se podría vivir una situación como ésta. Esta situación pertenecía a los libros de historia y había sido recreada en la literatura y en el cine. Siempre pensé que mi confirmación en la fe cristiana católica vendría de la mano del amor de una mujer, que me haría “sentar la cabeza”, casarme y formar una familia. Algo así como la salvación del alma de don Juan Tenorio por la intermediación de doña Inés ante Dios. Quiero pensar que existe algún paralelismo entre ambas situaciones, porque en mi concepción del amor cristiano de pareja no creo que haya una manifestación más grande que la de doña Inés. Por otra parte, yo guardaba y entendía mi confirmación como un regalo, como una especie de ajuar o dote de esos que nuestras antiguas abuelas regalaban a sus hijas con motivo de su matrimonio. Éste era, con algún pequeño matiz, el plan, pero no pudo ser. Uno propone y Dios dispone, nunca mejor dicho.

A pesar de que los planes no han salido como tenía previsto y de las contingencias de nuestro tiempo presente, estoy muy feliz de haberme podido confirmar ahora, de cerrar el ciclo eucaristía-bautismo-confirmación ahora. Cerrar un ciclo creo que está asociado a algo negativo aunque sólo sea por el hecho de que se trata de un periodo que termina. Significa además, como consecuencia, que nos hacemos mayores. Pero si el ciclo se cierra en el momento preciso, con la madurez necesaria, siendo consciente de lo que se hace y de lo que se termina, y con precaución pero sin miedo al futuro incierto del nuevo ciclo que empieza, cerrar un ciclo es una de las experiencias más bonitas y más satisfactorias que se pueden tener en esta vida.
No obstante, pues mentiría, no puedo negar mis temores ante un mundo y una sociedad occidental que han colapsado. A pesar de haber recibido el sacramento de la confirmación, tengo más dudas e incertidumbres que certezas. En general, los seres humanos, profesen la religión que profesen y pertenezcan a la comunidad política que pertenezcan, son muy parecidos, tienen mucho ego. Por otra parte, no se ha demostrado que el avance científico y tecnológico suponga una mejora moral de las sociedades en las que estos avances se producen. Finalmente, el progreso económico y cultural de las sociedades tampoco les garantiza a éstas que no caigan en la barbarie. Éstas son las únicas tres certezas a las que he podido llegar. Pero hay una certeza mayor y más importante, que nos permite relativizar las anteriores tres certezas un tanto desalentadoras:

ser cristiano católico es lo mejor que nos ha podido pasar al nacer y proteger el legado judeocristiano y, por tanto, judío, griego y romano, es un deber.

Nuestra vieja y un tanto desaliñada Roma es la luz. Y nosotros debemos ser la sal de la tierra. Debemos, en definitiva, proteger nuestra concepción del mundo que es la más hermosa, no digo la mejor, la más hermosa y que humaniza y confiere, por tanto, su dignidad plena -como le corresponde- al ser humano.

En definitiva, sólo puedo decir que estoy muy feliz por haber recibido el sacramento de la confirmación, estoy muy feliz de haber completado el ciclo y, por fin, ser un cristiano católico confirmado.

Gracias a todas aquellas personas que lo han hecho y lo habéis hecho posible.

                                                       José-Tomás Velasco Sánchez


ENLACES RELACIONADOS

http://pruebas.cormariazaragoza.es/confirmaciones19-testimonios/

http://pruebas.cormariazaragoza.es/confirmaciones-testimonios2/

 

 

Marcar el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *