DOMINGO XXII (A)

Cuenta una leyenda

que, en una ocasión, una mujer budista acudió al templo con su hijo muerto.

Su niño era una criaturita de seis años. Lo llevaba en brazos y, con lágrimas en los ojos, le gritaba a la imagen de Buda pidiendo que lo curase.

Y el Buda le dijo que se lo podría traer de nuevo a la vida si ella le llevaba unas semillas de mostaza. Pero con una condición: debían ser semillas recogidas en la casa de alguna persona que no estuviera sufriendo ningún dolor desde el año anterior.

La mujer dio un salto de júbilo y salió corriendo a buscar lo que se le pedía. Fue de casa en casa hasta que recorrió casi toda la Tailandia. Al poco tiempo volvió a Buda con las manos vacías.

Pero esta vez ya no pidió la curación de su hijo. Había comprendido que no hay ningún hombre sin sufrimiento en esta tierra.

 


Solo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios.


«El que quiera venir conmigo,
que se niegue a sí mismo,
que cargue con su cruz
y me siga»

Tres condiciones para el discipulado:
1.-Abnegación
2.-Aceptación de la cruz
3.-Seguimiento

Tres razones
1.-«Perder la vida por él es ganarla»
2.-«La vida vale más que el mundo entero»
3.-«En el juicio de Dios, su Padre pagará a cada uno según su conducta»
Jesús no dice que hay que renunciar a vivir esta vida para alcanzar la otra, ni despreciar los valores humanos y materiales para poseer los bienes espirituales.

Propone subordinar y orientar esta vida a la superior. Porque lo contrario conduce al vacío y fracaso que previene Jesús.


«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz.

Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida [por Cristo], la salvará”. Es un perder para ganar.»

(Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016).


PARA LA EUCARISTÍA

SALUDO:
En este  XXII domingo del tiempo ordinario las lecturas nos hacen una invitación: «ponernos detrás de Jesús» para seguirle.

El profeta Jeremías, San Pablo y San Pedro son los personajes que hoy nos ayudarán a entender mejor el mensaje de Jesús. Para seguirle hay que tomar su cruz y no tener miedo a nada.

Nos disponemos a celebrar dignamente estos misterios, de pie, cantando juntos…

Primera lectura (Jeremías 20, 7-9)
Con una sinceridad estremecedora, Jeremías hace una confesión sobre su tarea de profeta: la Palabra que anuncia se ha vuelto para él una cruz muy pesada.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Palabra de Dios

Segunda lectura (Romanos 12, 1-2)

A quienes han experimentado la gracia de Dios, San Pablo les exhorta a rendirle culto y discernir cuál es su voluntad para ajustarse a ella.

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios

Evangelio (Mateo 16, 21-27)
Si el domingo pasado Jesús alababa a Pedro y le veía como una roca sobre la que construyó su Iglesia, hoy Pedro es objeto de reprensión, porque se convierte en una piedra de tropiezo para Jesús, quien les dice a todos que, si quieren ser sus discípulos, deben tomar su cruz y seguirle.

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor


ORACIÓN DE LOS FIELES

1.Por el Papa, para que sepa llevar con valentía el peso de la cruz en su misión. ROGUEMOS AL SEÑOR

2. Por los cristianos, para que no rechacemos nunca abrazar la cruz, aunque lleve consigo problemas y falta de comprensión. ROGUEMOS AL SEÑOR

3.Por los que ejercen cargos de autoridad en los gobiernos, para que lo ejerzan con honestidad. ROGUEMOS AL SEÑOR

4. Por los enfermos y los que están pasando momentos de dolor y dificultad. ROGUEMOS AL SEÑOR

5.Por todos nosotros, para que la participación de la Eucaristía reafirme en nosotros el deseo de ser discípulos de Jesús, por encima de todas las adversidades. ROGUEMOS AL SEÑOR.


 ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, los otros me esperan.
Esperan que yo haga algo por ellos;
Esperan mi paciencia,
Esperan mi consejo y mi palabra,
Esperan mi carta o mi visita;

Cuentan con que yo tengo tiempo,
Tiempo y mucha fuerza.
Hay tantos que me necesitan,
Tantos que yo debería conocer,
Que me encuentran y me esperan,
Que yo conozco su nombre.

¡Hay tantos que buscan en mí una puerta abierta,
Una silla y un tiempo de conversación!
Quieren que yo lleve con ellos su peso,
También el peso que son ellos mismos.
Señor, yo soy un huésped en tu casa,
Tú me has recibido, Tú me oyes,
Y llevas conmigo mi peso.
Tú eres el que me recibe en hospedaje y
en casa.
Déjame que descanse en ti y dame ánimo
Para que deje entrar a todos,

Para que todos los que me buscan
Te puedan encontrar a Ti

                                          Amén.


Monje: ¿Por qué tantos dejan la vida monástica?
Sucede en la vida monástica como al perro que persigue una liebre. Corre tras ella y lanza alaridos mientras corre. Pero los que van detrás a medida que van dejando de ver la liebre se cansan, se desaniman y se paran.

Solo los que tienen a la vista la liebre continúan corriendo hasta darle alcance.
Solo los que han puesto los ojos en la persona de Jesús pueden perseverar hasta el fin.


CRUZ PESADA

Ya no podía más con sus problemas. Cayó de rodillas, rogando:
«Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada».
El Señor, como siempre, acudió y le contestó:

«Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esta
habitación. Después, abre la otra puerta y escoge la cruz que tú quieras».
El suspiró aliviado.
«Gracias, Señor», dijo, e hizo lo que le había dicho.

Al entrar, vio muchas cruces, algunas tan grandes que no podía ver la
parte de arriba. Después, vio una pequeña cruz apoyada en un extremo
de la pared.

«Señor», murmuró, «quiero esta que está allá”, dijo señalándola.
Y el Señor contestó:
«Hijo mío, esta es la cruz que acabas de dejar»


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