CUARESMA IV (C)


Sacad el mejor traje.
Ponedle un anillo..
Calzadle unas sandalias.
Traed el ternero.
CELEBREMOS UN BANQUETE.


Todos nosotros tenemos mucho del hijo pródigo y del hijo mayor.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre…

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no amor; si no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; si nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

La tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No huye de casa. Sabe cumplir todas las órdenes. Pero no sabe amar… No sabe comprender el amor de su Padre… No sabe comprender y amar al hermano. Y se incapacita con ello, para celebrar aquella fiesta fraterna.

El padre es el personaje central de la parábola:
un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo,
un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa;
un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo;
un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.

Y Jesús dice: COMO ESTE PADRE DE LA PARÁBOLA, ASÍ ES DIOS.


PARA LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA


SALUDO (Grabado en el montaje de Power point)

Niño 1.  ¡Hola amigos! Seguimos avanzando en nuestra escalera.
Niño 2.  Hoy subimos el cuarto escalón. Nos encontramos en el IV domingo de Cuaresma.
Niño 1.  En el evangelio escucharemos una de las parábolas más bonitas que nos contó Jesús.
Niño 2.  La parábola del Padre bueno.
Niño 1.  Así es nuestro Dios. Un Padre bueno, muy bueno.
Niño 2.  Él siempre nos perdona y nos quiere con locura.
Niño 1.  Su nombre es misericordia.
Niño 2. ¡Disfrutad de la celebración!


PETICIONES DE PERDÓN

1. Porque a veces nos olvidamos de Jesús decimos, Señor, ten piedad.
2. Porque alguna vez nos hemos reído de los compañeros que nos han dicho que son amigos de Jesús. Cristo, ten piedad.
3. Porque en alguna ocasión nos comportamos como el hermano mayor y nos negamos a participar en la Misa, fiesta que el Padre Dios prepara cada domingo para todos. Señor, ten piedad.


ORACIÓN DE LOS FIELES

(Un niño presenta la palabra y otra lee el texto)


EL ENANO Y EL GIGANTE

Cuentan que un gigante se disponía a atravesar un río profundo y se encontró en la orilla con un pigmeo que no sabía nadar y no podía atravesar el río por su profundidad.

 El gigante lo cargó sobre sus hombros y se metió en el agua.

Hacia la mitad de la travesía el pigmeo, que sobresalía casi medio metro por encima de la cabeza del gigante, alcanzó a ver, sigilosamente apostados tras la vegetación de la otra orilla, a los indios de una tribu que esperaban con sus arcos a que se acercase el gigante.

El pigmeo avisó al gigante. Éste se detuvo, dio media vuelta y comenzó a desandar el camino andado. En aquel momento, una flecha disparada desde la otra orilla se hundió en el agua cerca del gigante, pero no le alcanzó. Así ocurrió con otras sucesivas flechas, mientras, ambos, gigante y pigmeo, ganaban la orilla de salida, sanos y salvos.

El gigante dio las gracias al pigmeo, pero éste replicó: “Si no me hubiese apoyado en ti, no habría podido ver más lejos que tú”.

González Faus


PARA ORAR


Entre todos, llamaba la atención un joven, sucio, de pelo largo mal cuidado, que daba vueltas entre los pobres náufragos de la ciudad como si él tuviera una balsa personal de salvación.

Cuando le parecía que las cosas iban verdaderamente mal, en los momentos de soledad y de la angustia más negra, el joven sacaba del bolsillo un papel grasiento y consumido, y lo leía.

Después lo doblaba con mimo y lo metía de nuevo en su bolsillo. Alguna vez lo besaba, lo estrechaba contra su corazón o se lo llevaba a la frente. La lectura de aquella pobre hoja de papel surtía un efecto inmediato. El joven parecía reconfortado, enderezaba los hombros y recobraba aliento.

¿Qué decía aquella misteriosa hoja de papel? Únicamente seis breves palabras: «La puerta pequeña está siempre abierta».


EL HIJO PRÓDIGO (Lc 15)

Narrador: Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola:

Jesús: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

Hijo 1: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

Jesús: El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo:

Hijo 1: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Jesús: Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo:

Hijo 1: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Jesús: Pero el padre dijo a sus criados:

Padre: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.

Jesús: Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó:

Criado: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Jesús: Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre:

Hijo 2: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

Jesús: Él le dijo:

Padre: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

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