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CUARESMA IV (C)

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ENTRÉNAME, SEÑOR

Quiero estar preparado, por Ti y contigo,
para que la dureza de la cruz no me sorprenda
y que lejos, de asustarme, vea en ella
un exponente y un altavoz de tu gloria.

ENTRÉNAME, SEÑOR

Quiero mantenerme en forma,
para no perder el ritmo de la fe
y no se apague el brillo de mi esperanza.
Porque, temo que si Tú no vas conmigo,
el maligno aproveche cualquier fisura
y se adentre en lo más hondo de mis entrañas.

ENTRÉNAME, SEÑOR

Quiero jugar contigo el gran partido de la Pascua;
ahora, con el color morado de la penitencia,
pero pronto, en la alborada de Resurrección,
con el color blanco del triunfo de la VIDA

Sí; Señor, quiero que en estos días
me enseñes a mirar hacia el cielo
me indiques cómo entregarme a mis hermanos
me recuerdes que, en la sobriedad y no en la abundancia,
está la riqueza y la felicidad de mis años.


Todos nosotros tenemos mucho del hijo pródigo y del hijo mayor.

Nos parecemos al hijo pródigo: cuando damos la espalda a Dios; cuando cerramos nuestros oídos, nuestro corazón, a la palabra de Dios; cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre...

Pero nos parecemos también al hijo pródigo cuando, reconocemos nuestros errores, nos arrepentimos de ellos y le pedimos perdón a Dios.

Nos parecemos al hijo mayor: cuando ponemos la legalidad y el orden por encima del amor; cuando no sabemos perdonar; cuando tenemos fe, pero no amor; si no nos alegramos con el arrepentimiento de otras personas; si nos consideramos perfectos y cumplidores y juzgamos y condenamos a todos los que no son como nosotros.

La tragedia del hermano mayor. Todo lo hace bien. No huye de casa. Sabe cumplir todas las órdenes. Pero no sabe amar… No sabe comprender el amor de su Padre… No sabe comprender y amar al hermano. Y se incapacita con ello, para celebrar aquella fiesta fraterna.

El padre es el personaje central de la parábola: un padre que nunca deja de querer y de esperar a su hijo, aunque éste se haya alejado y olvidado del padre; un padre que sale contento y feliz al encuentro del hijo, cuando éste regresa; un padre que ama, disculpa y perdona a su hijo; un padre que organiza una fiesta, porque su hijo ha regresado.

Y Jesús dice: COMO ESTE PADRE DE LA PARÁBOLA, ASÍ ES DIOS.



SALUDO

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este cuarto domingo de cuaresma.

Hoy se nos recuerda que Dios es bueno con cada uno de nosotros, sus hijos. Sabemos que no nos abandona cuando nos alejamos de él; sino que siempre está dispuesto al perdón.

El Señor nos ofrece el perdón una vez más y nos sienta a la mesa con él, para hacer de la Misa una fiesta.

PETICIONES DE PERDÓN

1. Porque a veces nos olvidamos de Jesús decimos, Señor, ten piedad.

2. Porque alguna vez nos hemos reído de los compañeros que nos han dicho que son amigos de Jesús. Cristo, ten piedad.

3. Porque en alguna ocasión nos comportamos como el hermano mayor y nos negamos a participar en la Misa, fiesta que el Padre Dios prepara cada domingo para todos. Señor, ten piedad.


ORACIÓN DE LOS FIELES

Confiados en el Amor que Dios nos tiene, pidámosle que socorra nuestra debilidad y nos ayude a corresponder a su amor.

1- Por la Iglesia, para que esté siempre atenta a las necesidades de los hombres y dispuesta a socorrerlos. ROGUEMOS AL SEÑOR.

2- Por los que viven lejos de su casa o de su patria, para que no les falte la solidaridad de sus semejantes. ROGUEMOS AL SEÑOR.

3- Por todos nosotros, para que no perdamos nunca la confianza en la misericordia de Dios. ROGUEMOS AL SEÑOR.

4- Por todos nosotros, para que sepamos ofrecer a los demás nuestro perdón y nuestro amor. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Oremos: Ayúdanos, Señor, a perseverar en tu amor y a ofrecérselo a los demás.


EL ENANO Y EL GIGANTE

Cuentan que un gigante se disponía a atravesar un río profundo y se encontró en la orilla con un pigmeo que no sabía nadar y no podía atravesar el río por su profundidad.

El gigante lo cargó sobre sus hombros y se metió en el agua. Hacia la mitad de la travesía el pigmeo, que sobresalía casi medio metro por encima de la cabeza del gigante, alcanzó a ver, sigilosamente apostados tras la vegetación de la otra orilla, a los indios de una tribu que esperaban con sus arcos a que se acercase el gigante.

El pigmeo avisó al gigante. Éste se detuvo, dio media vuelta y comenzó a desandar el camino andado. En aquel momento, una flecha disparada desde la otra orilla se hundió en el agua cerca del gigante, pero no le alcanzó. Así ocurrió con otras sucesivas flechas, mientras, ambos, gigante y pigmeo, ganaban la orilla de salida, sanos y salvos.

El gigante dio las gracias al pigmeo, pero éste replicó: “Si no me hubiese apoyado en ti, no habría podido ver más lejos que tú”.

González Faus


PARA ORAR

Oh Dios que te alaben los pueblos
que todos los pueblos te alaben

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas,
me alegro y exulto contigo. (Salmo 9)

Tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos. (Salmo 17)

Bendito el Señor que escuchó mi súplica;
el Señor es mi fuerza y mi escudo,
en él confía mi corazón,
me socorrió, y mi corazón se alegra
y le canta agradecido. (Salmo 27)

Te daré gracias, Señor,
por tu bondad, que es más grande que los cielos,
por tu fidelidad, que alcanza las nubes. (Salmo 56)

Toda mi vida te bendeciré ...
En el lecho me acuerdo de ti,
porque fuiste mi auxilio,
a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. (Salmo 62)

Es bueno dar gracias al Señor ...
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad ...
porque tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta. (Salmo 102)

Oh Dios que te alaben los pueblos
que todos los pueblos te alaben

Entre todos, llamaba la atención un joven, sucio, de pelo largo mal cuidado, que daba vueltas entre los pobres náufragos de la ciudad como si él tuviera una balsa personal de salvación.

Cuando le parecía que las cosas iban verdaderamente mal, en los momentos de soledad y de la angustia más negra, el joven sacaba del bolsillo un papel grasiento y consumido, y lo leía.

Después lo doblaba con mimo y lo metía de nuevo en su bolsillo. Alguna vez lo besaba, lo estrechaba contra su corazón o se lo llevaba a la frente. La lectura de aquella pobre hoja de papel surtía un efecto inmediato. El joven parecía reconfortado, enderezaba los hombros y recobraba aliento.

¿Qué decía aquella misteriosa hoja de papel? Únicamente seis breves palabras: «La puerta pequeña está siempre abierta».


El hijo pródigo Lc 15 (Texto CEE)

Narrador: Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola:

Jesús: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

Hijo 1: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

Jesús: El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo:

Hijo 1: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Jesús: Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo:

Hijo 1: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Jesús: Pero el padre dijo a sus criados:

Padres: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.

Jesús: Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó:

Criado: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Jesús: Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre:

Hijo 2: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

Jesús: Él le dijo:

Padre: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Miércoles 2 de marzo de 2016, por Parroquia Corazón de María (Zaragoza)


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